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Adiós a Ana Wiesner, un icono del ballet clásico

“¿por qué no te vas a la cuna de la danza, la Unión Soviética?”, le dijo Walter Wiesner a su hija Ana, en 1980, cuando ella estudiaba la carrera de Arquitectura, pero, sin embargo, para ella lo más importante era el ballet.

“¿por qué no te vas a la cuna de la danza, la Unión Soviética?”, le dijo Walter Wiesner a su hija Ana, en 1980, cuando ella estudiaba la carrera de Arquitectura, pero, sin embargo, para ella lo más importante era el ballet. “Yo me veía en un teatro o museo que desarrolle lo artístico”, dijo en una entrevista en el 2012 a Viva Guayaquil, Ana Wiesner, maestra de ballet, directora de la Escuela Rusa de Ballet y todo un ícono de la danza clásica en Guayaquil, quien falleció el martes 27, a los 54 años.

La balletista murió en Estados Unidos mientras se trataba de un cáncer que le fue detectado hace dos años.

Entre mallas, zapatillas y puntas de ballet se desenvolvió la vida de Anita, como le decían sus familiares y colegas del ballet, desde los 8 años cuando comenzó a estudiar este arte en la escuela de la Casa de la Cultura, núcleo del Guayas, donde se graduó como bailarina profesional.

A los 15 años se convirtió en bailarina de primera línea en el ballet de Guayaquil, con su maestro Jorge Córdova.

Uno de los anhelos de su padre era que sus seis hijas estudiaran en el exterior, Ana fue la segunda. “Él me guio”, dijo alguna vez Ana, refiriéndose a su progenitor.

Alentada por él decidió presentarse en la embajada soviética con una carpeta sobre su vida artística y personal. Después de un año, en 1981, fue aceptada y becada por el gobierno ruso.

A los 19 años viajó y estudió durante tres años en la Escuela Estatal Coreografía, de Kiev, donde se graduó como artista de ballet.

En 1984 conoció al ucraniano Germán Tamrazov, con quien se caso y tuvo dos hijos: Tomás (27) y Diego (21).

Regresó a Ecuador para arreglar sus papeles de residencia porque sus estudios ya habían acabado y volvió a Kiev en 1986 y trabajó en el Teatro Estatal de la Ópera y Ballet de esa ciudad, hasta 1991.

Los primeros meses en Kiev fueron duros, no sabía ruso. “Si yo hubiera tenido en la primera semana el pasaje de regreso, yo me hubiera regresado”, dijo en la entrevista del 2012.

Ella recordó entonces que en esa época en la Unión Soviética había que vender objetos para conseguir dinero y comer. “No había pasta ni cepillo de dientes”.

Luego de viajar un día entero en tren, de Moscú a Kiev, y con cinco maletas encima, llegó al internado de ballet. Aquí no fue bien recibida por sus compañeras latinas.

“Me acuerdo clarísimo cuando la chica colombiana me dijo: ‘Hemos sufrido mucho y aquí nadie te va a servir en bandeja de plata, así que te toca tu buena parte. Yo no te voy a ayudar en nada porque eres competencia para mí’”, recordó la maestra de ballet.

Ana vivió durante un mes en el lobby del internado, con su ropa en las maletas. Ahí lloró en las noches y pasó frío, hasta que una compañera rusa la llevó a su cuarto y junto a nueve balletistas más le armaron una cama.

No todo fue malo y el sacrificio valió la pena. La directora artística de la escuela, reconocida en ese tiempo en el mundo del ballet, Galina Nikolaevna Kirilova, le realizó la audición a ella y se convirtió en la favorita. “Yo tengo un buen pie, más mi sonrisa. Ella me decía ‘mi pequeña niña’”.

Para aprender ruso tuvo el apoyo de sus compañeras de cuarto. Todos los días ellas le tomaban lección de diez palabras y debía formar una oración.

También estudió dos años de coreografía en el Instituto Teatral Estatal, de Kiev.

En 1991 regresó a Ecuador y comenzó a trabajar como maestra en el Teatro Centro de Arte.

En 1996 abrió su academia Escuela Rusa de Ballet, donde formó a cientos de alumnas con la ayuda de otras maestras.

Paz en su tumba. (I)

Los primeros meses en Kiev fueron duros, no sabía ruso, además el ambiente al principio era hostil. Si yo hubiera tenido en la primera semana el pasaje de regreso, yo me hubiera regresado”.

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